25 de agosto de 2018

Moros y cristianos


Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
VII

Al mismo tiempo que el maestro de capilla escribía la precedente
carta y la echaba al correo, Admet-ben-Carime-el-Abdoun reunía en un envoltorio no muy grande todo su hato y ajuar, reducidos a tres jaiques viejos, dos mantas de pelo de cabra, un mortero para hacer alcuzcuz, un candil de hierro y una olla de cobre llena de pesetas (que desenterró de un rincón del patinillo de su casa); cargó con todo ello a su única mujer, esclava, odalisca, o lo que fuera, más fea que una mala noticia dicha de
pronto y más sucia que la conciencia de su marido, y salióse de Ceuta,
diciendo al oficial de guardia de la puerta que da al campo moro que se
iban a Fez a mudar de aires por consejo de un veterinario. Y como quiera
que esta sea la hora, después de sesenta años y algunos meses de ausencia,
que no se haya vuelto a saber de Manos-gordas ni en Ceuta, ni en sus
cercanías, dicho se está que D. Bonifacio Tudela y González no tuvo el
gusto de recibir de sus manos la traducción del pergamino, ni al día
siguiente, ni al otro, ni en toda su vida, que por cierto debió ser muy
corta, puesto que de informes dignos de crédito aparece que su adorada
Pepita se caso en Marbella en terceras nupcias con un tambor mayor
asturiano, a quien hizo padre de cuatro hijos como cuatro soles, y era
otra vez viuda a la muerte del Rey absoluto, fecha en que ganó por
oposición en Málaga el título de comadre de parir y el destino de matrona
aduanera.

Conque busquemos nosotros a Manos-gordas, y sepamos que fue de él y
del interesante pergamino.

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