21 de agosto de 2018

Moros y cristianos

Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
V

Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa, tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro de capilla de la catedral de Ceuta, con la tranquilidad de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de pan, con su correspondiente, dosis de vino de Tarifa.

El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una remolacha,
digería penosamente, paseando su turbia mirada de apoplético por el
magnífico panorama del Mediterráneo, y del Estrecho de Gibraltar, del
maldecido Peñón que le da nombre, de las cercanas cumbres de Anghera y
Benzú y de las remotas nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados
pasos en la escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba
gozosamente:

-¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de tu tío! ¡Y vaya
si es gorda!

-¡Hombre! -respondió el maestro de capilla, girando como una esfera o
globo terráqueo sobre el punto de su redonda individualidad, que
descansaba en el asiento. -¿Qué santo se habrá empeñado para que mi tío se
acuerde de mí? ¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a
Mahoma, y cata aquí la primera vez que me escribe aquel abencerraje, sin
embargo de haberle yo escrito cien veces a él! ¡Sin duda me necesita para
algo!

Y, dicho esto, abrió la epístola (procurando que no la leyese la Pepa
de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de arrollarse por sí
propio, el amarillento pergamino.

-¿Qué nos envía?-preguntó entonces la mujer, gaditana y rubia por más
señas, y muy agraciada y valiente a pesar de sus cuarenta agostos.

-¡Pepita, no seas tan curiosa!... -Yo te lo diré, si debo decírtelo,
luego que me entere.¡Mil veces te he advertido que respetes mis cartas!...

-¡Advertencia propia de un libertino como tú! En fin, ¡despacha!, y
veremos si yo puedo saber qué papelote te manda tu tío. ¡Parece un billete
de Banco del otro mundo!

En tanto que su mujer decía aquellas cosas y otras, el músico leyó la
carta, y maravillóse hasta el extremo de ponerse de pie sin esfuerzo
alguno.

Tenía, sin embargo, tal hábito en disimular, que acertó a decir muy
naturalmente:

-¡Qué tontería! ¡Sin duda está ya chocheando aquel mal hombre!
¿Querrás creer que me remite esta hoja de una Biblia en hebreo, para que
yo busque algún judío que la compre, imaginándose el muy bobo que darán
por ella un dineral? Al mismo tiempo...-añadió para cambiar la
conversación y guardándose en la faltriquera la carta y el pergamino, -al
propio tiempo... me pregunta con mucho interés si tenemos hijos.

-¡Él no los tiene! -observó vivamente Pepita.- ¡Sin duda piensa
dejarnos por herederos!

-¡Más fácil es que al muy avaro se le haya ocurrido heredarnos a
nosotros!.... Pero ¡calla!:están dando las once, y yo tengo que afinar el
órgano para las vísperas de esta tarde... Me voy. Oye, prenda: que la
comida esté dispuesta a la una, y que no se te olvide echar dos buenas
patatas en el puchero. ¡Que si tenemos hijos!... ¡Vergüenza me da de haber
de contestarle que no!

-¡Escucha! ¡Espera! ¡Oye! ¡La culpa no es mía!-contestó como un rayo
la parte contraria.- ¡Bien sabes que en mis primeras nupcias tuve un niño
muerto!

-¡Ya! ¡Ya! ¡En tus primeras nupcias! ¡Como si eso pudiera servirme de
satisfacción! ¡Un día vas a dar lugar a que yo te cuente todas mis
habilidades de soltero!

-¡Anda, zambombo, tonel, desagradecido! ¿Quién te habrá amado a ti en
el mundo como esta necia, que, con ese barrigón y todo, te considera el
hombre más hermoso que Dios ha criado?

-¿Sí? ¿Me has dicho hermoso? ¡Pues mira, Pepa-respondió el artista,
pensando seguramente en el pergamino árabe; -si mi tío llega a dejarme por
heredero, o yo me hago rico de cualquier otro modo, te juro llevarte a
vivir a la plaza de San Antonio de la ciudad de Cádiz, y comprarte más
joyas que tiene la Virgen de las Angustias de Granada! Conque hasta luego,
pichona.

Y tirando un pellizco en la barba a la que de antemano tenía, ya el
hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el camino... no de la catedral,
sino de las callejuelas en que suelen vivir las familias moras avecindadas
en aquella plaza fuerte.

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