5 de setembro de 2018

Moros y cristianos

Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
XV

Excusado es decir que ni el tío Hormiga halló medio de negociar el
indulto de Juan Falgueira, ni los jueces se rebajaron a oír seriamente los ofrecimientos que éste les hizo de un tesoro por que sobreseyesen su causa, ni el terrible gallego accedió a revelar el paradero del pergamino ni el sitio del tesoro al impertérrito Alcalde de Aldeire, quien, con tal
pretensión, tuvo todavía estómago para ir a visitarlo a la capilla en la Cárcel Alta de Granada.

Ahorcaron, pues, a Juan Falgueira el Viernes de Dolores en el Paseo
del Triunfo, y regresado que hubo a Aldeire el tío Hormiga el Domingo de
Ramos, cayó enfermo con calentura tifoidea, agravándose de tal modo en
pocos días, que el Miércoles Santo se confesó e hizo testamento, y expiró
el Sábado de Gloria por la mañana.

Pero antes de morir mandó poner una carta a D. Matías de Quesada,
reconviniéndole por su traición y latrocinio (que había dado lugar a que
tres hombres perdiesen la vida) y perdonándole cristianamente, a condición
de que devolviese a la señá. Torcuata los treinta y dos duros de la jícara
de chocolate.

Llegó está formidable carta a Ujígar al mismo tiempo que la noticia
de la muerte del tío Juan Gómez; todo lo cual afectó por tal extremo al
viejo abogado, que no volvió a echar más luz, y murió de allí a poco, no
sin escribir a última hora una terrible epístola, llena de insultos y
maldiciones, a su sobrino el maestro de la capilla de la Catedral de
Ceuta, acusándole de haberle engañado y robado y de ser causa de su
muerte.

De la lectura de tan justificada y tremenda acusación dicen que
originó la apoplejía fulminante que llevó al sepulcro a D. Bonifacio.

Por manera que solamente los barruntos de la existencia de un tesoro
fueron causa de cinco muertes y de otras desventuras, quedando a la postre
las cosas tan ignoradas y ocultas como estaban al principio, puesto que la
señá Torcuata, única persona que ya sabía en el mundo la historia del
fatal pergamino, guardóse muy bien de volver a mentarlo en toda su vida,
por juzgar que todo aquello había sido obra del diablo y consecuencia
necesaria del trato de su marido con los enemigos del Altar y del Trono.

Preguntará el lector: ¿cómo es que nosotros, sabedores de que el
tesoro está allí escondido, no hemos ido a desenterrarlo y apoderarnos de
él? Y a esto le responderemos que la curiosísima historia del hallazgo y
empleo de aquellas riquezas, con posterioridad a la muerte de la señá
Torcuata, nos es también perfectamente conocida, y que tal vez la
refiramos, andando el tiempo, si llega a nuestra noticia que el público
tiene interés en leerla.



VALDEMORO, 6 de julio de 1881.

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