4 de setembro de 2018

Moros y cristianos

Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
XIV

Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las hornillas
con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar en la calle gritos y
silbidos de viejas y chicuelos, y voces de gentes más formal, que decía:

-¡Señor Alcalde, abra usted la puerta! ¡La justicia de la ciudad está
entrando en el pueblo con mucha tropa!

Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas palabras,
y dijo, cruzando las manos:

-¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario, no tendremos
tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!

-¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún criminal?

-¡Bien lo decía yo!-gritó la tía Torcuata. -¡De esa cara triste no
podía venir nada bueno ¡Todo eso es cosa de Lucifer!

-¡Pronto! ¡Pronto!-añadió el forastero.- ¡Sáqueme usted por la puerta
del corral!

-¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro... -expuso el tío
Hormiga.

-Señor Alcalde... -seguían diciendo los que llamaban a la puerta,-
¡abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece que buscan a ese hombre que
habla con usted hace una hora!...

-¡Abrid al Juzgado de primera instancia! -gritó por último una voz
imperiosa, acompañada de fuertes golpes dados a la puerta.

-¡No hay remedio!-dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras que el
forastero se encaminaba por la otra puerta en busca del corral.

Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron el
paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también por aquella
puerta, le cogieron y ataron sin contratiempo alguno, aunque aquel diablo
de hombre desplegó en la lucha las fuerzas y la agilidad de un tigre.

El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y veinte
soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido Alcalde las
causas y fundamentos de aquella prisión tan aparatosa.

-Ese hombre -decía-con quien usted es-taba encerrado... no sé por
qué, hablando de no sé qué asunto, es el célebre gallego Juan Falgueira,
que degolló y robó, hace quince años, a unos señores de quienes era
mulero, en cierta casería de la vega de Granada, y que se escapó de la
capilla la víspera de la ejecución, vestido con el hábito del fraile que
le auxiliaba, a quien dejó allí medio estrangulado. El mismísimo Rey (q.
D. g.) recibió hace quince días una carta de Ceuta, firmada por un moro
llamado Manos-gordas, en que le decía que Juan Falgueira, después de haber
residido largo tiempo en Orán y otros puntos de África, iba a embarcarse
para España, y que sería fácil echarle mano en Aldeire del Cenet, donde
pensaba comprar una torre de moros y dedicarse a la minería.... Al propio
tiempo, el Cónsul español en Tetuán escribía a nuestro Gobierno
participándole que una mora llamada Zama se le había presentado quejándose
de que el renegado español ben-Munuza, antes Juan Falgueira, acababa de
embarcarse para España después de asesinar al moro Manos-gordas, marido de
la querellante, y de haberle robado cierto precioso pergamino... Por todo
ello y muy principalmente por el atentado, contra el fraile en la capilla,
S. M. el Rey ha recomendado con particular encarecimiento a la
Chancillería de Granada la captura del tal facineroso y su inmediata
ejecución en aquella misma capital.

Imagínese el que leyere el espanto y asombro de todos los que oyeron
esta relación, así como la angustia del tío Hormiga, a quien no podía
caber ya duda de que el pergamino estaba en poder de aquel hombre
¡sentenciado a muerte!

Atrevióse, pues, el codicioso Alcalde, aun a riesgo de comprometerse
más de lo que ya estaba, a llamar a un lado a Juan Falgueira y a hablarle
al oído, bien que anunciando antes al concurso que iba a ver si lograba
que confesase a Dios y a los hombres sus delitos. Pero lo que hablaron en
realidad ambos socios fue lo siguiente:

-¡Compadre! -dijo el tío Hormiga,- ni la Caridad lo salva a usted!
Pero ya conoce que será lástima que ese pergamino se pierda... ¡Dígame
dónde lo ha escondido!

-¡Compadre! -respondió el gallego- Con ese pergamino, o sea con el
tesoro que representa, pienso yo negociar mi indulto. Proporcióneme usted
la Real gracia, y le entregaré el documento; pero, por lo pronto, se lo
ofreceré a los jueces para que declaren que mi crimen ha prescrito en
estos quince años de expatriación...

-¡Compadre! -replicó el tío Hormiga,-es usted un sabio, y celebraré
que le salgan bien todos sus planes. Pero, si fracasan, ¡por Dios le pido
que no se lleve a la tumba un secreto que no aprovechará a nadie!

-¡Vaya si me lo llevaré! -contestó Juan Falgueira.-¡De algún modo me
he de vengar del mundo!

-¡Vamos andando! -gritó en esto el alguacil, poniendo término a
aquella curiosa conferencia.

Y, cargado que fue de grillos y esposas el condenado a muerte,
salieron con él los curiales y los soldados en dirección a la ciudad de
Guadix, de donde habían de conducirlo a la de Granada.

-¡El demonio! ¡El demonio! -seguía diciendo la mujer del tío Juan
Gómez una hora después, al colocar de nuevo el lomo y la longaniza en sus
respectivas orzas- ¡Malditos sean todos los tesoros habidos y por haber!

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