1 de setembro de 2018

Moros y cristianos

Pedro Antonio de Alarcón
Moros y cristianos
(Cuento)
XII

Tres o cuatro semanas después de la muerte de Manos-gordas, el
veintitantos de Febrero de 1821, nevaba si había que nevar en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima sierra andaluza a que la propia nieve da vida y nombre.

Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba por
cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía, demasiado próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de Carnestolendas no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo».

Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su piadosa mujer, la señá Torcuata, defendiéndose, en el rincón del fuego, de los
argumentos conque nuestra, amiga le rogaba que no bebiera más aguardiente,
ni comiese más roscos, sino que la acompañase a misa, a fuer de buen
cristiano, sin miedo alguno a las críticas del maestro de escuela y demás
electores liberales; y muy enredada estaba la disputa, cuando cata aquí
que entro en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores de su
merced, y dijo quitándose el sombrero y rascándose la cabeza, todo de un
solo golpe:

-¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata! Ya se harán
ustedes cargo de que algo habrá sucedido por allá arriba para que yo baje
por aquí con tan mal tiempo, no tocándome oír misa este domingo. ¿Como va
de salud?

-¡Vaya!¡Vaya! ¡No espero más!-exclamó la mujer del Alcalde,
cruzándose la mantilla con violencia.- ¡Estaría de Dios que hoy echases la
misa en el puchero! ¡Ya tienes ahí conversación y copas para todo el día,
sobre si las cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado
cuernos! ¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las paces
con la Iglesia, dejando la maldita alcaldía!

Marchado que se hubo la señá Torcuata, el Alcalde alargó un rosco y
una copa al mayoral, y le dijo:

-¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la lumbre y
hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?

-¡Pues nada!; que ayer tarde el cabrero Francisco vio que un hombre,
vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla de lienzo, y
liado en una manta de muestra, se había metido en el corral nuevo por la
parte que todavía no tiene tapia, y rondaba la Torre del Moro,
estudiándola y midiéndola como si fuese un maestro de obras. Preguntóle
Francisco qué significaba aquello, y el forastero le interrogo a su vez
quién era el dueño de la Torre, y como Francisco le dijese que nada menos
que el Alcalde del pueblo, repuso que él hablaría a la noche con su merced
y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche, y el hombre hizo como
que se marchaba, con lo que el cabrero se encerró en su choza, que, como
sabe usted, dista poco de allí. Dos horas después de obscurecer
enteramente notó el mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy
raros y se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo, que ni tan siquiera se
atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto fue de día,
refiriéndome el lance de ayer tarde y advirtiéndome que los tales ruidos
habían durado toda la noche. Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me
asusto de pocas cosas, me plantifiqué en seguida en la Torre del Moro
acompañado de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero
liado en su manta y durmiendo en un cuartucho del piso bajo, que tiene
todavía su bóveda de hormigón. Desperté al sospechoso personaje, y le
reconvine por haber pasado la noche en la casa ajena sin la voluntad de su
dueño; a lo que me respondió que aquello no era casa, sino un montón de
escombros, donde bien podía haberse albergado un pobre caminante en noche
de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a usted, y a explicarle
quién era y todas sus operaciones y pensamientos. Le he hecho, pues, venir
conmigo, y en la puerta del corral aguarda, acompañado del cabrero, a que
usted le dé licencia para entrar...

-¡Que entre!-respondió el tío Hormiga, levantándose muy alterado por
habérsele ocurrido, desde las primeras palabras del mayoral, que todo
aquello tenía bastante que ver con el célebre tesoro, a cuyo hallazgo por
sus solos esfuerzos había renunciado su merced hacía una semana, después
de arrancar antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.

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