18 de novembro de 2011

NO TOCAR: PELIGRO DE DIABETES.

No hace falta que diga que no soy precisamente la persona más dulce y comprensiva del planeta. No es necesario que aclare que he hecho del cinismo, si no ya un arte, una forma de vida, y que me funciona mejor que bien. No es preciso que explique, una vez más, que cualquier psicólogo, incluso con medio cerebro y una resaca de proporciones épicas, me diagnosticaría una sociopatía severa nada más entrar en su consulta y echarle un vistazo a mi gesto de “haz algo decente con tu vida, mamón”. Y discúlpenme los psicólogos presentes en la sala por la salida de tono. O no, me da igual.

A estas alturas del partido, creo que esas aclaraciones ya sobran, y sospecho que alguno habrá por ahí que haga una descripción todavía menos halagüeña de mi persona. También me da igual.

Porque ha llegado el momento de confesarse: tengo una debilidad. Sí, tengo mi kriptonita, mi talón puñetero, mi alergia al sol. Sí, cachorritos, la hija de su madre a la que todo se la trae al pairo, y a la que lo mismo le da hacer rodar una cabeza que pegar una patada en los mismísimos, sin dejar ni por un momento de disfrutar de lo absurdo de la vida, tiene una debilidad grave de carácter. Un fallo en su genética que tira por tierra todas sus barreras, y llega a darle un toquecito a su corazón atrofiado de sarcasmo terminal.

Adoro a los animales. Los adoro. A todos. Bueno, menos a los racionales, claro.

Ya está, ya lo he dicho: «Hola, me llamo Silvia, y estoy loca por los bichos». No soy capaz de matar ni a una mosca, y os juro que es textual: me paso horas braceando delante de las ventanas para que los insectos en cuestión salgan de mi casa sin sufrir ningún daño. Soy de esas personas que recogen cachorritos abandonados, que rescatan gatitos de la calle y que, por supuesto, no comen carne.

Hoy tenía pensado dejar una entrada sobre mi marcha en el NaNoWriMo —bien, gracias. Me va muy bien—, pero ha pasado algo que me ha hecho cambiar de opinión. Y lo que ha pasado es que he perdido a un amigo. A un compañero. A una pequeñísima parte de ese corazón que algunos me acusan de no tener.

El lunes por la mañana, Lucas dejó de existir. Sus riñones, viejos y cansados, decidieron rendirse, y la veterinaria sugirió que la rendición debía ser total. Que tenía que dejarlo marchar, que tenía que dejar de sufrir, que hasta ahí habíamos llegado, colega, muchas gracias por todo, hasta nunca.

¿Cómo se toma una decisión así? En serio, ¿cómo? Parece tan fácil, tan lógico. No va a salir de ésta, así que, por lo menos, que no lo pase mal. Ha vivido una buena vida. Ha cumplido con su ciclo. Fue feliz y yo también. Todo dicho. Fin del párrafo, punto final, vuelta de página y empezamos de nuevo.

Siempre pensé que, llegado el momento, tomaría aire, sacaría pecho y diría: “Vale. Pues que no sufra más”. Así, con dignidad. Y a seguir, que la vida son tres días y uno lo pasamos durmiendo, colega. Con un par.

Con lo que no contaba era con esa opresión en el pecho que fue un verdadero dolor físico, como un puñetazo bien dirigido a la boca del estómago. Como si tiraran de una parte de mí que no sabía que estaba ahí, la extendieran hasta lo imposible y la desgarraran con un crujido aterrador que se llevó gran parte del alma que no creo tener. No contaba con las lágrimas, que se enroscaron y apretujaron en mi garganta, y ascendieron a toda prisa hasta derramarse por mis ojos. Calladas, implacables. Irreprimibles. No contaba con que, en lugar de mi voz, que no es gran cosa, pero que es la mía y estoy acostumbrada a ella, saliera de mis labios un graznido estrangulado que la veterinaria debió de saber interpretar sólo por su experiencia en estas lides. No contaba con que, al final, el que me consolara fuera él, bebiendo de esas lágrimas vergonzosas con su lengua de estropajo rosado.

No, no contaba con nada de eso.

Ni con ese rumor incómodo a la altura de la quinta costilla que me persigue desde entonces y que no sé cuándo va a parar.

Los que no tenéis animales —o no os gustan, incluso, algo que yo siempre he considerado una patología peligrosa, conste—, pensaréis que exagero. Que menuda tontería ponerse así por un bicho. Que anda que no hay cosas por las que preocuparse en la vida, como para ponerse a llorar por un mísero gato… Pues mirad, por una vez no voy a soltar veneno contra vosotros. No, porque no me ofendéis, ni me enfadáis. Me dais pena. Mucha, en serio. No sabréis jamás lo que es tener a un ser vivo que te quiere incondicionalmente porque tú eres tú, sin más, sin adornos. Que se alegra cuando te alegras, y que está acurrucado a tu lado, reconfortándote en esos días que la vida se hace demasiado absurda como para tomársela de coña. Al que no le importa que no seas guapo, ni rico, ni asquerosamente alto y esbelto, ni que no tengas un cochazo o una casa de mil metros. Que si entras de madrugada, borracho perdido y haciendo el payaso, no te mira mal ni te critica, sino que se pone a hacer el payaso contigo, que hoy es fiesta. Que te considera el sol de su mundo porque sí, porque tú lo vales. Y sólo a cambio de un sitio caliente donde dormir y un poco de comida en un cuenco. ¿Quién puede dar más por menos?

Un humano, no, desde luego.

No era el gato más bonito ni más bueno del mundo. Era un cabrón duro y despreciativo, con el rabo torcido en un ángulo de noventa grados y un sobrepeso del quince. Ocho kilos de gato callejero, con los resabios del cazador y el guerrero que estuvo en su código genético desde muchas generaciones atrás, arrancado de su destino de revuelve basuras y caza ratones porque aquí, vuestra poco humilde servidora, decidió llevárselo a su casa una tarde de primavera hace la friolera de trece años. Todo un bicho, mi gato. Altivo como sólo uno de su especie sabe serlo. Tocapelotas como el que más. Quisquilloso, caprichoso, falsamente indiferente. Pero era mi gato. El mío, joder, y eso lo convertía para mí en uno de los seres más perfectos y más maravillosos de esta maldita roca polvorienta que llamamos nuestro planeta.

Y ya no está.

Y, aun a riesgo de perder mi mala reputación, he decidido que voy a aprovechar este blog para despedirme. Y quien no quiera leer moñeces, que cierre la página y nos deje a Lucas y a mí en paz. Nos bastamos solos, como siempre. Dos frente al mundo, claro que sí, como debe ser.

Allá voy, último aviso. Pillad la insulina, respirad hondo, y todo eso.

Lucas, se acabó, compañero. Fundido en negro, the end, cae el telón. Y los dos sabemos que no creo en nada, así que ni siquiera puedo consolarme pensando que estás en el cielo de los gatos, fracasando miserablemente al intentar cazar una mosca, o maullándole a un pájaro de esos que no dejaban de tomarte el pelo. Los dos sabemos que ahora no eres más que cenizas y polvo, que ya no estás y que no volverás nunca. Y que, por más que vengan después de ti, ninguno va a ocupar tu sitio. Tendrán el suyo, sí. Pero el tuyo siempre estará ahí. Un vacío que duele y desgarra y sangra, y que nunca podré llenar.

Pero es lo que hay, ¿verdad? El ciclo de la vida y todas esas gilipolleces.

Aunque, ¿sabes una cosa? He descubierto que sí creo en algo. Creo que, de algún modo, siempre estarás ahí. Creo que el jodido cliché de “vive en nuestros recuerdos”, es cierto. Maldición, sí, lo creo. Así que sí, siempre estarás vivo de alguna manera, porque siempre recordaré cómo pretendías comer con las patas, como si fueras un humano. Aunque sigo sin entender por qué querías ser humano, cuando los felinos sois mucho mejores, dónde va a parar. Siempre recordaré cómo tratabas de rescatarme del vídeo maligno que un día, cuando intentabas cazar la cinta que había metido yo dentro, te mordió la pata. Siempre recordaré cómo te pegabas a mi cabeza y me despiojabas, y siempre a las tantas de la madrugada, desgraciado, que yo soy ave nocturna, pero no tanto.

Siempre serás mi gato, mamón, aunque me hayas dejado sola y acabando con la producción mundial de pañuelos de papel.

Así que, descansa, compañero, que te lo has ganado. Yo me quedo aquí, manteniendo el fuerte hasta que me llegue a mí la hora de tomarme la Gran Siesta.

…Y que te quiero, coño. Todavía y para siempre.

6 comentarios:

  1. Yo tambien hago eso de echar los bichos por la ventana, pero solo las arañas, me caen mucho mejor que las moscas, a pesar de que les tenga fobia. Solo a alguna mosca la dejo salir, normalmente a la ultima que queda en la sala para que vaya a contarles al resto el destino de sus compañeras y se adviertan de mi poder.

    Tambien adoro los animales, y no creo que sea una debilidad, salvo en navidad cuando te quieres negar a comer los centollos que fueron cocidos vivos pero no puedes porque son demasiado sabrosos.

    Por cierto ¿desde cuando odias a los humanos?
    y ¿por que le pones el nombre de uno a tu gato?

    Animo yo tambien he tenido que pasar por trances asi. Delante de mi casa hay una carretera y ninguno de mis gatos llega a viejo.

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  2. Cabrona, me has hecho llorar. Vale que soy de lágrima fácil, pero como yo también he pasado por ahí y se lo que jode, y lo que duele, solo te puedo decir que abr, abr.

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  3. Seh, las arañas son colegas. Al fin y al cabo se comen a todos los bichos que pican, y eso es un punto a su favor.

    ¿Desde cuándo odio a los humanos? No, si no los odio. Hay algo de respeto en el odio. Odiar es algo así como tener un archienemigo, una cosa molona y tal. Así que no los odio, sólo los ignoro. Y desde... ¿siempre? XD

    Y mi gato no tenía nombre de humano: tenía nombre de dibujo animado. El g(p)ato Lucas. Eh, sí, habíamos tomado un par de cañas cuando le pusimos el nombre...

    Shi... MOÑAS XD

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  4. Lo del pato Lucas, lo hubiese jurado XDXDXD. El hijo de unos amigos también se llama así, y por el mismo motivo XDXDXD

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  5. ¿peligro de diabetes? de algo hay que morir, nosotros tampoco somos inmortales. Dice un amigo mío que son como niños eternos, y que por eso es tan duro perderlos aunque en este caso, sepamos que es "ley de vida"

    Pero sí, es cierto, "siempre están ahí". Eso y lo bailado no nos lo quita nadie, más y mejor cuanto más descarados y canallas nos salen. Eso es un compañero y cualquier otra cosa, una alfombra.

    Hasta siempre, Lucas. Silvia es una descreída (yo también) pero a lo mejor sí existe el cielo de los gatos. En ese caso... ¡No la líes muy gorda!, ¿eh? :-)

    Un abrazo

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  6. Gracias, Gusa =) De parte de Lucas también, supongo =)

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