7 de xaneiro de 2012

20.000 leguas de viaxe baixo os mares (LVI).

Respectei o seu recollemento e continuei examinando as curiosidades que enriquecían o salón. Ademais das obras de arte, as curiosidades naturais ocupaban un lugar moi importante. Consistían principalmente en plantas, cunchas e outras producións do océano, que debían ser os achados persoais do capitán Nemo. No medio do salón, un chafariz iluminado eléctricamente caía sobre un pilón formado por unha soa tridacna. Esta cuncha, pertencente ao maior dos moluscos acéfalos, cuns bordos delicadamente festoneados, medía unha circunferencia dun seis metros; excedía, pois, en dimensións ás belas tridacnas regaladas a Francisco I pola República de Venecia e das que a igrexa de San Sulpicio, en París, fixo dúas xigantescas pilas de auga bendita.
En torno ao pilón, en elegantes vitrinas fixadas por armaduras de cobre, achábanse, convenientemente clasificados e etiquetados, os máis preciosos produtos do mar que puidese nunca contemplar un naturalista. Comprenderase a miña alegría de profesor. A división dos zoófitos ofrecía moi curiosos especímenes dos seus dous grupos de pólipos e de equinodermos. No primeiro grupo, había tubíporas; gorgonias dispostas en abanico; esponxas suaves de Siria; sinos das Molucas; pennátulas; unha virgularia admirable dos mares de Noruega; ombelularias variadas; os alcionarios; toda unha serie desas madréporas que o meu mestre Milne-Edwards clasificou tan sagazmente en seccións e entre as que distinguín as adorables fiabelinas; as oculinas da illa Borbón; o «carro de Neptuno» das Antillas; soberbias variedades de corais; en fin, todas as especies deses curiosos pólipos que en xuntanza forman illas enteiras que un día serán continentes Entre os equinodermos, notables pola súa espiñenta envoltura, as asterias, estrelas de mar, pantacrinas, comátulas, os terófonos, ourizos, holoturias, etc., representaban a colección completa dos individuos deste grupo.
Un conquiliólogo un pouco nervioso pasmadao e tolo de alegría ante outras vitrinas, máis numerosas, nas que se achaban clasificadas as mostras da división dos moluscos. Vin unha colección dun valor inestimable, para a súa descrición completa me falta tempo. Por iso, e a título de memoria soamente, citarei o elegante martelo real do océano índico, con regulares manchas brancas que destacaban vivamente sobre o fondo vermello e marrón; un espóndilo imperial de vivas cores, todo erizado de espiñas, raro espécime nos museos europeos e cun valor que estimei nun vinte mil francos; un martelo común dos mares da Nova Holanda, de difícil obtención a pesar do seu nome; berberechos exóticos do Senegal, fráxiles cunchas brancas bivalvas que un sopro destruiría como unha pompa de xabón; algunhas variedades das regadeiras de Xava, especie de tubos calcáreos festoneados de repregamentos foliáceos, moi buscados polos afeccionados; toda unha serie de trocos, uns de cor amarelada verdoso, pescados nos mares de América, e outros, dun marrón avermellado, habitantes dos mares de Nova Holanda, ou procedentes do golfo de México e notables pola súa cuncha imbricada; esteléridos achados nos mares austrais, e, por último, o máis raro de todos, o magnífico espolón de Nova Zelandia; admirables tellinas sulfuradas, preciosas especies de citereas e de venus; o botón trencillado das costas de Tranquebar; o turbo marmóreo de nácar resplandeciente; os papagaios verdes dos mares de China; o cono case descoñecido do xénero Coenodulli; todas as variedades de porcelanas que serven de moeda na India e en África; a «Gloria do mar», a máis preciosa cuncha das Indias orientais; en fin, litorinas, delfinulas, turritelas, jantinas, óvulas, volutas, olivas, mitras, cascos, púrpuras, bucínidos, arpas, rocas, tritones, ceritios, fusos, estrombos, pteróceras, patelas, hiálicos, cleodoras, cunchas tan finas como delicadas que a ciencia bautizou cos seus nomes máis encantadores.

6 de xaneiro de 2012

¿?

Permitid que os explique mi problema: son más de las siete y media de la tarde, acabo de llegar a casa después de correr como un molinillo puesto de anfetas por toda la ciudad, y al abrir el correo me he encontrado con un amable recordatorio de que hoy es viernes y todavía no he escrito la entrada del blog.

            ¡Maldición! ¿En serio es viernes? ¿Y quién ha tenido la desvergüenza de robarme el resto de la semana? Odio las fiestas, en serio. Si ya normalmente vivo en una burbuja espacio-temporal distinta por completo de la del resto de la humanidad, en las fiestas mi caos mental se multiplica por mil. O se eleva a alguna potencia especialmente alta. No sé. El caso es que ni por un momento se me ha pasado por la imaginación que hoy fuera viernes. ¿Y ahora qué? Tengo una entrada de blog por escribir y ninguna idea de lo que voy a contar. Llevo un mes bastante desconectada, así que no he tenido ocasión de encontrar nada de lo que burlarme o con lo que regodearme, y estoy demasiado somnolienta como para sacarme un conejo de la chistera —una vez más: no, no es un chiste sexual. Aunque podría serlo— y pensar rápidamente en algo a lo que poder hincarle los colmillos. Además, después de dos docenas de tabletas de turrón de chocolate mis colmillos no están en su mejor momento, para qué engañarnos.

            Así que estoy haciendo lo que mejor se me da: sentarme delante del teclado y dejar que mis dedos vayan solos a ver qué se les ocurre. Estáis presenciando casi en directo un auténtico ejercicio de escritura automática suicida. ¿Por qué no? Si lo hago con las novelas, los relatos y los exámenes que no preparaba —que eran prácticamente todos— en aquellos lejanos tiempos en los que todavía estudiaba, ¿por qué no voy a hacerlo con una entrada de blog? Al fin y al cabo, el proceso es el mismo: te sientas delante del teclado o del folio en blanco y escribes lo primero que se te pasa por la mente con apenas la sombra de una idea. O ninguna idea, como es el caso.

            Es curioso… Siempre me ha hecho gracia eso de los “ejercicios de escritura automática”, supongo que porque nunca seré capaz de ver la diferencia entre escribir en automático y escribir “de verdad”, más que nada porque para mí no existe esa diferencia. La primera vez que escuché hablar de la escritura automática no tenía ni la más remota idea de qué me estaban hablando. Ya he dicho muchas veces que yo esto de darle a la tecla lo hago por instinto, y las definiciones “oficiales” me resbalan muchísimo, así que me tuvieron que explicar qué era eso: dejarte llevar y escribir sin corregir y sin pensarlo, sin preocuparte de las formas o cosas así… Creo… Y digo creo porque, como ya os he dicho, una parte de mí —la imprudente, la que siempre se está metiendo en líos por su falta de contención verbal— al escuchar esto piensa de inmediato: “Ah, pero… ¿es que hay otra forma de hacerlo?”. Pues al parecer si la hay, pero yo no tengo ni la más remota idea de cuál puede ser. Y lo digo en serio, de verdad. No intento vacilar a nadie, ni meterme con otras formas de hacer las cosas, ni nada parecido. Hablo desde la más absoluta confusión y —por una vez y sin que sirva de precedente— de la forma más inocente posible. No sé cómo se puede hacer de otro modo. No lo sé, de verdad de la buena. Os lo juro jurelito y todo eso.

            Cuando tengo una idea para algo —y subrayo el “para algo” porque cuando esa idea todavía no ha cobrado forma no sé si va a ser un relato, una novela corta, larga o una puñetera saga—, me siento y escribo. Y… Eh… Y ya está. Eso es todo. Quiero contar algo y lo cuento. Punto. Y aquí es donde podéis imaginarme encogiéndome de hombros con una expresión a mitad de camino entre la confusión más absoluta y la indiferencia más radical. Y a veces ese “algo” llega para llenar un par de folios, otras veces se extiende hasta las cien mil palabras, y otras se sale de madre y acaba siendo un monstruo de quinientas páginas… No me preguntéis por qué es así, simplemente lo es. Unas historias tienen que ser cortas y otras largas, eso es todo. Y no puedes comprimir una historia que tiene que ser larga en cinco folios, ni extender una idea que apenas sirve para escribir un puñado de párrafos hasta convertirla en una novela. ¿Cómo lo sé? Pues ni idea, sólo lo sé. Del mismo modo que sé cuando una frase debe ser larga o corta y directa. O del mismo modo que sé que tengo que poner una determinada escena en un determinado momento y no otra. O del mismo modo en que no me planteo por qué en un momento determinado hay un diálogo. Lo hay porque los personajes tienen que hablar y hablan, yo qué sé.

            Es decir: no tengo ni idea.

            Cuando escribo no pienso en “recursos dramáticos” o “figuras retóricas” o “ritmo” o “estructura” o la madre que parió a la cabra. Me siento, y escribo —insértese aquí un nuevo encogimiento de hombros— y ya está. Veo una imagen en mi cabeza y la describo como me apetece hacerlo. Tengo un diálogo en mente y lo transcribo tal cual. Quiero llevar las cosas del punto A al B y las llevo de la manera que me parece que deben ir. O que les parece a ellas, que ya os he hablado de cómo se rebelan las cosas… Y en ningún caso pienso cómo, ni cuándo, ni por qué. Sólo lo hago.

            Oh, después reviso, sí. Eh… más o menos. Corrijo algún dedazo, cambio el orden de alguna palabra, añado algún detalle… Pero no creáis que hay gran diferencia entre el producto inicial y el acabado. Está un poco más redondo, pero no mucho más. No creo que tenga un talento oculto que aparezca de golpe por pensar demasiado en una frase en concreto, o en una escena determinada. Soy quien soy, hago lo que hago y lo hago lo mejor que sé o que puedo. Esforzarme no va a hacer que nada mejore, o eso es al menos lo que he comprobado un montón de veces.

            Tampoco sé por qué lo hago así. Me encantaría decir que es un talento natural, un don, o como queráis llamarlo, pero no creo que alcance esa categoría. Supongo que simplemente respondo a los dictados de mi personalidad. Soy directa, práctica y no me gusta darle vueltas a las cosas. Si algo está bien, está bien, y pararme a pensarlo no lo va a hacer mejor, sólo más lento. Algún día aprenderé que millones de jefes a lo largo y ancho de toda la geografía mundial pensarán que trabajo menos sólo porque trabajo más rápido, pero me la trae al fresco: lo he solucionado siendo mi propia jefa. Y como cuando escribo nadie me está vigilando para saber si tecleo cien palabras o mil, si tengo las ideas estructuradas o no, si hago esquemas o me los paso por el forro, pues tampoco tengo motivo para hacerlo de otro modo.

            Eso no quita que tenga curiosidad por saber cómo se hace de otra manera. Es una de esas cosas que me planteo a veces, cuando no tengo nada mejor en lo que pensar. ¿Cómo se escribe cuando no es en automático? Si hay alguien en la sala que quiera explicármelo, estaría encantada de escucharlo. De verdad, una vez más lo digo en serio. Eh, igual aprendo algo, que nunca está de más. No creo que yo pueda hacerlo, pero oye…

            Oh, vaya, mirad: tres folios y aún no son las ocho. Creo que con esto ya cubro el cupo de hoy. Sí, ya sé. He escrito en automático, pero aún así soy muy consciente de que no he dicho nada. ¿Y qué? Si queréis que cuente algo concreto, pedidlo, o no os quejéis por lo que salga cuando tengo medio cerebro desactivado por el exceso de glucosa, cachorritos.

            Hale, hasta la semana que viene, ¿eh? A seguir bien y todo eso.

5 de xaneiro de 2012

Cantiga de Nadal

Os tres camelos dos Reises
ao chegaren á Galicia
ao non veren deserto
morreron os tres da risa

4 de xaneiro de 2012

O contacontos - Cuarta Parte

¿En que consistía pois tal remedio? ¿Alcanzades a velo? ¿Sequera a imaxinalo? ¿Non? ¿Pensades que minto, que vos engano, que realmente empecei este conto por aburrimento, por tolo divertimento? ¿Sen teimar que chegaría o momento deste capítulo me ter que ocupar?

Non rencoro das vosas dúbidas, que iso da fé do sorprendente desta historia. A mesma suscitación foi naqueles inquedos e laboriosos veciños daquela vila que ficaron con non pouco desconcerto, cando así escoitaban que rumores dicían que o calado Alfonso a dicir contos se dispoñía.

Nembargantes, boa hora é de declarar a favor deste mozo de vinte e moi poucos anos, que non saíra tan preguiceiro como as sibilinas voces proclamaron, pois co paso do tempo foille collendo gusto a esgrimir a fouciña e a debullar millo, fose branco ou fose negro.

Non se pense que isto foi por requerimentos sociais ou pecuniarios, pois ben se bastaba o homiño de alimentarse de historias, sen ser de ningunha escrupuloso. Máis ben cabe pensar que foi o sinxelo feito, do cal se foi persuadindo a devagariño con non pouco pesar, de que era no campo, atareados en traballos rutinarios e grupais, o lugar mais apropiado, ademáis de para pacer as vacas, para botar a pacer a lingua.

Por todo isto, que xa sería máis que suficiente, pero sobre todo por esa habilidade única de ser verde e apetecible herba que facía salivar a lingua de todos cos que tropezaba, era reputado como alegre, boa e discretísima persoa.

E si! Que sorpresa levaron os seus coetáneos cando ouviron de que por riba de convertirse en contacontos, tamén desexaba ser pintor!

3 de xaneiro de 2012

Ano 2012

2012 para algúns será o ano do fin do mundo. Entre estes agoreiros e a crise esconómica parece que vai ser un ano especial. Aínda que o máis seguro é que a finais de ano esteamos practicamente igual que o empezamos.

Seguindo aos chineses que din que as épocas de crises son momentos para oportunidades, imos tentar desde as nosas entidades asociadas mellorar o noso funcionamento.

Nunha sociedade cada vez máis idiotizada e na que os cretinos e fillos de puta son clara maioría, as entidades sociais temos por diante un traballo de culturización e de difusión de valores bastante arduo.

No que podamos, tentaremos desde as nosas pequenas asociacións facer algo neste sentido. E para iso, se non pertences aos colectivos citados que son hoxe maioría, animámosche a contribuír un pouco máis connosco.

Nos tamén traballaremos algo mais. de feito este blog en 2012 terá unha entrada mais que no 2011.

Un saúdo e feliz ano.

1 de xaneiro de 2012

O Catecismo do Labrego I

P.  — Cales son os vosos nemigos?
R.  — Cóntanse por centos
P.  — Qué nemigos son eses?
R. — A maores do mundo, do demo e da carne, como teñen todalas xentes, temos un fato deles: nove ministros en Madril, o Delegado da Facenda na provincia, o Adeministrador da Subalterna no partido, o Alcalde, os concexales i o Sacretario n-o Concello, o cacique da parroquia, o veciño de porta con porta, a miseria na casa, os pedriscos nos eidos, a filoxera nos viñedos, o recaudador metido na cabeza, os trabucos e a contribucion territorial na cana dos osos, a de consumos entalada nas gorxas, a crencia de que non hemos millorar de sorte no esprito, as falcatruas da curia enterradas astra o redaño, etc., etc., etc.

Mais do Catecismo do Labrego na Galipedia